domingo, 13 de junio de 2010

del chino al Raval


Llegué a Barcelona  un 4 de Junio, en plena efervescencia olímpica.  Cuando el evento finalizó la ciudad se volvió a vaciar, los ánimos se desinflaron  y yo empecé a conocerla tal y como era realmente. Una ciudad con tintes de pueblo que daba sus primeros pasos hacia lo que se ha convertido hoy en día: un referente internacional, un destino turístico, una posibilidad de trabajo  para muchos inmigrantes. Aunque este último punto ha cambiado de año y medio para acá, ya que Barcelona no es ajena al declive económico que empaña al mundo entero.

La ciudad en la que vivo hace ya 18 años, es una extensión de barrios que se han ido sumando a su núcleo inicial, el barri gòtic, con el paso de tiempo. La historia es larga y hermosa, y hay escritores catalanes que lo han  sabido plasmar en sus libros, cada uno a su manera y poniendo su atención en una época diferente.  Nombraré sólo a algunos, porque aunque yo los desconozca tengo la certeza de que hay muchos más y tan valiosos como los que a continuación citaré: “La ciudad de los prodigios” de Eduardo Mendoza, y del mismo autor “Sin noticias de Gurb”;  “La catedral del Mar” de Ildefonso Falcones; y “Jean Genet en el Raval” de Juan Goytisolo.

Yo he sido testigo de la transformación de un barrio en particular, la del  chino, ahora mejor conocido como El Raval. Vivo en él hace ya 17 años y 6 meses, porque sin yo buscarlo el destino me abrió la puerta de un piso que se ubicaba en  la antigua calle Cadena, ahora  convertida en la Rambla del Raval.  Si alguna cosa caracteriza al barrio, es  su proximidad al puerto, y el hecho de haber sido, y ser, uno de los  más deprimidos de la ciudad, el lugar donde los marineros de mar y tierra encuentran a las putas y los chicos de clase media,  alta ,y sobre todo baja, acceden a la droga.   Quien retrata con realismo poético la transformación del barrio  es el cineasta catalán José Luis Guerín con su excelente documental “En construcción”.

Los que conocimos el barrio chino, cuando caminamos sobre la Rambla del Raval, lo hacemos como si pisáramos un palimpsesto.  Con la conciencia de que debajo del suelo de este nuevo boulevard se esconden multitud de historias, lugares que no desaparecerán hasta que no muera el último testigo de su antigua existencia. Así, con cada paso que doy, se erigen nuevamente un casal, un bar, una panadería, el taller de un artista, y vuelven a aparecer los habitantes expulsados de sus casas por el mobbing inmobiliario que se aplicó sobre todos aquellos que vivían en la zona afectada por la transformación urbanística.

Hoy vivo en lo que las autoridades les ha dado por llamar el Raval Sud, muy cerca de la Rambla, con las sirenas de los barcos acunándome a destiempo. Sí, en el centro, pero lejos de las hordas de turistas que transforman con su presencia la ciudad que pretenden conocer. Al fin y al cabo una ciudad no es más que una experiencia, así Barcelona es una y también muchas. La mía es  distinta a la de mi vecino de enfrente,  muy distinta de la de todos los habitantes  de esta ciudad, y aún más de la de aquellos  que  cada día vienen a visitarla. Sí, Barcelona simpre será diferente,  aunque los edificios de Gaudí no cambien su ubicación.

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